lunes, 14 de julio de 2025

Las ciencias naturales y las ciencias humanas

Una forma simple de presentar la separación entre las ciencias naturales y las humanidades (o «ciencias del espíritu», como las llamaron los alemanes) es apelando al ejemplo que se usa para enseñar la teoría de la materia y la forma: la metáfora de la pieza de mármol y la escultura. El David de Miguel Ángel o una estatua ecuestre de Pedro Sánchez serían solo variaciones formales de un mismo material, de tal modo que la diferencia entre ambos objetos sería algo intangible, ideal, o espiritual; no hay nada en una que no esté también en la otra, esto es, mármol. Por tanto, el conocimiento de esa materia no nos dirá nada acerca de esa diferencia intangible. Pensar esa diferencia interesará a los historiadores del arte, a los sociólogos, tal vez a los psicólogos y, sin duda, a los filósofos, pero no a los físicos, químicos o geólogos, que no podrán decir nada respecto a ella (en tanto físicos, químicos o geólogos, claro está).

En el fondo, pensar algo es pensar su forma. Por tanto, también el químico que se pregunta qué es el mármol busca la respuesta averiguando su forma, “carbonato de calcio”, que a su vez es la forma de una molécula compuesta por carbono, calcio y oxígeno, que a su vez son elementos con estructuras determinadas…, y así sucesivamente. Bien mirado, decir que todo es materia equivale a decir que todo es forma.

Pero las ciencias naturales piensan formas estables que interactúan en un cosmos gobernado por leyes estables, mientras que las ciencias humanas tienen que orientarse en ese orden disfrazado de caos que es nuestro mundo. Ese caos es hoy, en gran medida, producto de la ceguera que resulta de postergar las segundas en favor de las primeras. Como ocurría con aquel que había perdido una moneda y la buscaba en otro sitio porque allí había mejor luz: se ponen todos los esfuerzos y esperanzas en los saberes más precisos y se desprecian (como «hobbies» o actividades inútiles) los realmente urgentes; se sabe lo necesario para poner un astronauta en Marte, pero se ignora lo que hace falta para coexistir en la Tierra.

 


jueves, 10 de julio de 2025

Wittgenstein

 Wittgenstein suele fascinar a los estudiantes de filosofía más por su biografía que por su obra. En los pormenores de su vida se encuentran cantidad de anécdotas extravagantes que revelan el genio y la neurosis del personaje. He aquí algunas.


Influido por la obra de Tolstoi, tenía constantes dudas acerca de la utilidad de su trabajo como filósofo, pensando siempre si no sería mejor dedicarse a algo de mayor provecho. Hizo los cursos necesarios y se convirtió en maestro de escuela elemental, ejerciendo durante seis años en distintos pueblos de montaña austríacos. Dados el escaso talento de sus estudiantes y su falta de paciencia, adquirió  la poco pedagógica costumbre de estimularlos a golpes, lo que puso fin a su carrera el día en que dejó inconsciente a uno de sus alumnos menos robustos. Años más tarde, un lugareño lo recordaría como “aquel loco de remate que pretendía enseñar matemáticas superiores a nuestro niños de primaria”.

Era bastante hipocondríaco, de modo que cuando tuvieron que operarlo de una hernia exigió que le administraran anestesia local y que instalaran un espejo para poder ver  el trabajo del cirujano.

Su vida amorosa es igualmente sorprendente. Era un homosexual que se avergonzaba  de ello, lo que explica que propusiera matrimonio a una amiga con la condición de no mantener nunca relaciones carnales, proyecto que la dama no aceptó. A su joven amante, el matemático Francis Skinner,  lo convenció de dejar la universidad para buscar, también, una ocupación “productiva”. Skinner se hizo jardinero primero y luego mecánico, con la natural desaprobación de su familia. En los años treinta decidieron emigrar a la Unión Soviética y convertirse en obreros, pero después de un viaje exploratorio cambiaron de idea. Wittgenstein se fue distanciando del devoto Skinner, quien moriría de poliomielitis en 1941, a los veintinueve años.




Durante la Segunda Guerra Mundial movió influencias para conseguir trabajo en el Guy’s Hospital de Londres (los Wittgenstein movían influencias para perjudicarse: durante la primera guerra, Paul, a quien acababan de amputar un brazo, molestaba a sus contactos para que consiguieran la manera de mandarlo de nuevo al frente).  En el Guy’s “Su trabajo consistía en llevar pastillas desde la farmacia del hospital hasta las salas, donde al parecer aconsejaba a los pacientes que no las tomaran”. Sorprendió a los médicos proponiendo un procedimiento de preparación de ungüentos más eficaz que el que venían usando. Luego, trabajando en el laboratorio de dos médicos que estudiaban un trastorno respiratorio, inventó un método de medición del pulso que resultó de gran utilidad.

Su faceta de diseñador está coronada por la Wittgenstein Haus, proyectada para su hermana Gretl.  Ludwig era un maestro de obras exigente: cuando comprobó que un cielorraso había quedado dos centímetros más bajo de lo previsto ordenó hacer el trabajo de nuevo, para desesperación de trabajadores y clientes. Era enemigo de toda ornamentación, por lo que la iluminación dependía de simples bombillos en su portalámparas sin ningún tipo de pantalla.

 
Su familia no era menos original. Tres de sus hermanos se suicidaron. Hans se ahogó intencionalmente en la bahía de Chesapeake, en Estados Unidos, en 1902. Rudi, un año más tarde, entró en un café de Viena, pidió al pianista que tocara una canción titulada “Abandonado estoy”, ordenó un vaso de leche y, sentándose en una mesa, lo bebió con una dosis de cianuro. Kurt, por su parte, se suicidó hacia el final de la Primera Guerra, avergonzado por la insubordinación de las tropas  a su cargo, que en lugar de obedecerlo prefirieron huir en desbandada. El único sobreviviente de los varones, aparte de Ludwig, fue Paul, al que seguía en edad. Paul era pianista pero perdió su brazo derecho en la primera guerra, a pesar de lo cual siguió dando conciertos para mano izquierda que encargaba a compositores como Ravel, Prokofiev o Strauss.



Wittgenstein era de la edad de Hitler y asistió durante un tiempo a la misma escuela que éste, en Linz, por lo cual se especula sobre la posibilidad de que hayan compartido clase alguna vez. De haber hecho amistad, quizás la familia Wittgenstein podría haberse ahorrado la fortuna gastada en sobornar a las autoridades nazis para que los clasificaran como mestizos y no como judíos en tiempos del Tercer Reich. Pero a pesar de las pérdidas materiales y alguna noche de cárcel, sobrevivieron todos.

Más y mejor información sobre el personaje puede encontrarse en Wittgenstein, de Ray Monk, una buena biografía que equilibra lo biográfico con lo filosófico, y en La familia Wittgenstein, de Alexander Waugh, abundante en anécdotas de toda la estirpe.

Dialéctica

 La cantidad y variedad de opiniones extravagantes que han proliferado a propósito de la pandemia nos lleva a preguntarnos qué clase de proceso mental está detrás de ellas. Uno puede conformarse con el dictamen pesimista de que la gente es idiota, pero esto tampoco ayuda mucho y, en general, no es verdad.

No se trata de lo que la gente es, sino de lo que hace. O de lo que no hace. Normalmente, cuando decimos idioteces es porque no hemos pensado antes de hablar. Y pensar bien requiere una elaboración más o menos cuidadosa de información e ideas que, desde luego, exige más tiempo que la pura reacción emocional ante las cosas.

Esa elaboración toma siempre forma de diálogo, incluso en la reflexión individual. “Pensar” se relaciona con el latín “pendere”, colgar los pesos en una balanza, idea que sirve de metáfora para la operación intelectual de comparar puntos de vista en torno a un tema. Y la dialéctica es, efectivamente, la contraposición de posibilidades relativas a un asunto: hacemos dialogar las opciones.

Pero entre personas la dialéctica funciona si la interacción es racional y los interlocutores (supongamos dos) han pensado el problema y atienden a las intervenciones del otro tratando de encontrar una posición común. Por lo tanto, es tan importante la capacidad de razonar como la voluntad de entenderse.

No parece que quienes defienden las ocurrencias a las que me refería antes se hayan tomado el trabajo de pensar o analizar nada y, desde luego, tampoco parecen interesados en ningún diálogo o proceso de discernimiento colectivo, por lo que no ofrecen argumentos y no escuchan objeciones; les basta con manifestarse de la manera más ruidosa posible.

Tenemos derecho a no interesarnos por ciertos asuntos y a no informarnos sobre ellos, pero, en ese caso, debemos tener la sensatez de suspender el juicio, o de presentarlo con la advertencia de que nuestro modesto parecer es desinformado, elemental y provisorio.


jueves, 3 de julio de 2025

Del mito al Logos

Para entender la filosofía de un pueblo y de una civilización, es imprescindible referirse 1) al arte, 2) a la religión y 3) a las condiciones sociopolíticas de dicho pueblo.

 1) De hecho, el arte más elevado tiende a alcanzar de manera mítica, mediante la intuición y la imaginación, objetivos que también son propios de la filosofía.

 2) De forma análoga, la religión aspira a alcanzar, a través de representaciones no conceptuales y de la fe, determinados objetivos que la filosofía busca alcanzar mediante los conceptos y la razón.

 3) No menos importantes son las condiciones socioeconómicas y políticas que a menudo condicionan el surgimiento de determinadas ideas, y que en el mundo griego en particular, al crear las primeras formas de libertad institucionalizada y de democracia, han permitido el nacimiento de la filosofía, que se alimenta de modo esencial de la libertad.

 Los poemas homéricos

Los primeros griegos buscaron alimento espiritual sobre todo en los poemas homéricos, es decir, en la Ilíada y en la Odisea (que, como se sabe, ejercieron un influjo análogo al que la Biblia ejerció entre los judíos, al no haber en Grecia textos sagrados), y en Hesíodo.

 Los poemas homéricos ya poseen algunos de aquellos rasgos del carácter griego que resultarán esenciales para la creación de la filosofía.

 a) Los poemas homéricos, aunque están repletos de imaginación, casi nunca entran en la descripción de lo monstruoso y de lo deforme. Esto significa que la imaginación homérica ya está estructurada según un sentido de la armonía, de la proporción, del límite y de la medida. La filosofía elevará estos factores al rango de principios ontológicos (del ser).

 b) Homero no se limita a narrar una serie de hechos, sino que investiga también sus causas y sus razones (aunque sea a nivel mítico-fantástico). Y este modo poético de contemplar las razones de las cosas prepara aquella mentalidad que en filosofía llevará a la búsqueda de la causa y del principio, del «porqué» último de las cosas.

 c) Otro rasgo de la obra homérica consiste en tratar de presentar la realidad en su integridad, aunque sea de forma mítica: dioses y hombres, cielo y tierra, guerra y paz, bien y mal, alegría y dolor, la totalidad de los valores que rigen la vida de los hombres. Escribe W. Jaeger: «Cuál es el puesto del hombre en el universo, que es el tema clásico de la filosofía griega, también está presente en Homero en todo momento».

La religión pública y los misterios órficos

El segundo elemento al que hay que referirse para entender la génesis de la filosofía griega es la religión. Sin embargo, cuando se habla de religión griega es preciso distinguir entre la religión pública, cuyo modelo es la representación de los dioses y del culto que nos brinda Homero, y la religión de los misterios. Entre ambas formas de religiosidad existen numerosos elementos comunes (como, por ejemplo, una concepción politeísta de base), pero también hay diferencias importantes. Ambas formas de religión son fundamentales para explicar el nacimiento de la filosofía, pero, al menos desde ciertos puntos de vista, la segunda forma posee una especial importancia.

Religión pública

Empecemos por mencionar algunos rasgos esenciales de la primera forma de religión. Para Homero puede decirse que todo es divino, porque todo lo que sucede se explica en función de las intervenciones de los dioses: Zeus lanza rayos y truenos desde las alturas del Olimpo, el tridente de Poseidón provoca las tempestades marinas, el sol es transportado por el dorado carro de Apolo y así sucesivamente. Además, la vida colectiva de los hombres, la suerte de las ciudades, las guerras y las paces son imaginadas como vinculadas a los dioses.

Estas deidades son fuerzas naturales personificadas a través de formas humanas idealizadas, o bien son fuerzas y aspectos de hombre que han sido sublimados, hipostasiados y han adquirido semblanzas antropomórficas. (recordemos que Zeus es la personificación de la justicia, Palas Atenea de la inteligencia, Afrodita del amor y así sucesivamente). Estos dioses, por tanto, son hombres amplificados e idealizados y, en consecuencia, sólo difieren de nosotros en cantidad y no en cualidad. Debido a ello los especialistas consideran que la religión pública de los griegos constituye una forma de naturalismo. Por ello, la religión no exige al hombre un cambio interior, o un elevarse por encima de sí mismo (como en el caso del cristianismo), sino, por lo contrario, seguir a su propia naturaleza. Todo lo que se pide al hombre es que haga en honor de los dioses aquello que es conforme a la propia naturaleza. La primera filosofía griega fue tan naturalista como la religión pública griega, y la referencia a la naturaleza se convirtió en una constante del pensamiento griego a lo largo de todo su desarrollo histórico.

Misterios órficos

Sin embargo, la religión pública no fue sentida por todos los griegos como plenamente satisfactoria y esto hizo que se desarrollaran en círculos restringidos los misterios órficos. El orfismo y los órficos hacen derivar su denominación del poeta Orfeo, un personaje legendario. El orfismo posee una importancia particular porque introduce en la civilización griega un nuevo esquema de creencias y una nueva interpretación de la existencia humana. Mientras que la concepción griega tradicional, a partir de Homero, afirmaba que el hombre era un ser mortal y consideraba que la muerte significaba el final definitivo de su existencia, el orfismo proclama la inmortalidad del alma y concibe al hombre según el esquema dualista que contrapone cuerpo y alma.

 El núcleo de las creencias órficas puede resumirse del modo siguiente:

 a)      En el hombre se alberga un principio divino, un alma, que cae en un cuerpo debido a una culpa originaria.

b)      El alma está antes que el cuerpo y no muere junto con él. Está destinada a reencarnarse en cuerpos sucesivos para expiar aquella culpa originaria.

c)      La vida órfica, con sus ritos y sus prácticas, es la única que está en condiciones de poner fin al ciclo de las reencarnaciones, liberando así el alma de su cuerpo.

d)      Para quien se haya purificado (para los iniciados en los misterios órficos) hay un premio en el más allá (para los no iniciados, existen castigos).

 Gracias a este nuevo esquema de creencias, el hombre veía por primera vez que en sí mismo se contraponían dos principios que se hallaban en contraste y en lucha entre sí: el alma y el cuerpo (como tumba o lugar de expiación del alma). Se resquebraja, por lo tanto, la visión naturalista; el hombre comprende que hay que reprimir algunas tendencias ligadas al cuerpo y se convierte en objetivo vital purificar de lo corpóreo el elemento divino.

 Es necesario formular una última advertencia. Los griegos no tuvieron libros sagrados considerados como resultado de una revelación divina. Por consiguiente, no poseyeron una dogmática fija e inmodificable. Además en Grecia no pudo ni siquiera subsistir una casta sacerdotal que custodiase el dogma (los sacerdotes griegos tuvieron una escasa relevancia y un poder reducidísimo). La carencia de dogmas y de personas encargadas de custodiarlos otorgó una amplia libertad al pensamiento filosófico.

 Las condiciones socio-político-económicas que favorecieron el surgimiento de la filosofía

 Se ha puesto de relieve la libertad política de los griegos, en comparación con los pueblos orientales. El hombre oriental se veía obligado a una obediencia ciega al poder religioso y político. Ya hemos mencionado la gran libertad que poseían los griegos en lo que respecta a la religión. También en política los griegos tenían una situación privilegiada, ya que por primera vez en la historia lograron crear instituciones políticas libres.

 Durante los siglos VII y VI a.C. Grecia sufrió una transformación considerable, desde el punto de vista socioeconómico. Antes era un país primordialmente agrícola, pero a partir de entonces comenzó a desarrollarse cada vez más la industria artesana y el comercio. Se hizo necesario fundar centros de representación comercial, que surgieron primero en las colonias. Las ciudades se convirtieron en centros comerciales florecientes, lo cual provocó un aumento de la población. La nueva clase de comerciantes y de artesanos logró paulatinamente fuerza económica y se opuso al poder político que se hallaba en manos de la nobleza terrateniente. La vida pública y el sentimiento de la libertad debía dar al carácter del pueblo griego un impulso que también beneficiaría la actividad intelectual. Con la transformación de las condiciones políticas, se establecieron las bases de florecimiento artístico y científico de Grecia.

 La filosofía nació en las colonias antes que en la metrópoli, porque las colonias, gracias a su laboriosidad y a su actividad comercial, alcanzaron un bienestar y, debido a la lejanía de la metrópoli, pudieron establecer instituciones libres antes que ésta.

 Queda por mencionar un último elemento. Al constituirse y consolidarse la polis, es decir, la ciudad-estado, el griego no la consideró como una traba a su propia libertad; por lo contrario, se vio llevado a verse a sí mismo como ciudadano. Para los griegos el hombre llegó a coincidir con el ciudadano mismo. Así, el Estado se convirtió en el horizonte ético del hombre griego y siguió siéndolo hasta la época helenística. Los ciudadanos sintieron los fines del Estado como sus propios fines, el bien del Estado como su propio bien, la grandeza del Estado como la propia grandeza y la libertad del Estado como la propia libertad.

Si no se tiene presente esto, no se puede entender gran parte de la filosofía griega, en particular la ética y toda la política en la época clásica, y más tarde la compleja evolución de la época helenística.

 (Tomado y adaptado de Reale-Antiseri)

El Valor de la Filosofía por Bertrand Russell (Extracto y Adaptación)

Mucha gente, incluso aquellos que disfrutan de la ciencia, a menudo se preguntan sobre el valor de la filosofía. Podrían verla como algo vago, poco práctico y lleno de debates interminables que nunca conducen a respuestas claras. La ciencia, con sus resultados definidos y aplicaciones prácticas, parece mucho más útil. Pero si no estudiamos filosofía, nos perdemos algo muy importante.

El principal valor de la filosofía proviene de su incertidumbre. La persona que no tiene conocimiento de filosofía atraviesa la vida aprisionada por los prejuicios derivados del sentido común, de las creencias habituales de su época o nación, y de convicciones que han crecido en su mente sin la cooperación o el consentimiento de su razón deliberada. Para tal persona, el mundo tiende a volverse definido, finito, obvio; los objetos comunes no suscitan preguntas, y las posibilidades desconocidas son rechazadas con desprecio.

Tan pronto como comenzamos a filosofar, por el contrario, descubrimos —como señalamos en nuestras discusiones anteriores— que incluso las cosas más cotidianas conducen a problemas para los cuales solo se pueden dar respuestas muy incompletas. La filosofía, aunque no puede decirnos con certeza cuáles son las respuestas verdaderas, puede sugerir muchas posibilidades que ensanchan nuestros pensamientos y los liberan de la tiranía de la costumbre. Así, aunque disminuye nuestra certeza sobre lo que son las cosas, aumenta en gran medida nuestro conocimiento de lo que podrían ser. Elimina el dañino sentido dogmático de certeza y mantiene vivo nuestro sentido de asombro al mostrar cosas familiares bajo una luz desconocida.

El valor de la filosofía se encuentra, en efecto, en su propia incertidumbre. Las preguntas que plantea la filosofía son a menudo tan fundamentales que aún no se han encontrado respuestas definitivas. ¿Tiene el universo alguna unidad de plan o propósito, o es una colección aleatoria de átomos? ¿Es la conciencia una parte permanente del universo, que ofrece esperanza para un crecimiento interminable, o es solo un accidente fugaz en un pequeño planeta? ¿Son el bien y el mal importantes para el universo, o solo para los humanos? Tales preguntas son planteadas por la filosofía, y diferentes filósofos las responden de manera distinta. Sin embargo, por poca esperanza que tengamos de encontrar las respuestas, es uno de los principales deberes de la filosofía mantener vivas estas preguntas.

Considerar estas grandes preguntas, y darnos cuenta de su importancia, nos hace apreciar lo poco que realmente sabemos. Nos impide ser arrogantes y nos hace pensar con mayor apertura. El mundo, que al principio parecía simple, ahora se vuelve misterioso y maravilloso. Este sentido de asombro es crucial.

Además, la filosofía, incluso si no da respuestas certeras, puede ayudarnos a desarrollar nuestras mentes. Agranda el Yo, lo que significa que amplía nuestra perspectiva y nuestra comprensión. El Yo, al principio, se centra en sus necesidades e intereses inmediatos. El mundo exterior solo es importante en la medida en que sirve a estas necesidades. En contraste, el Yo filosófico aprende a ver el mundo tal como es, sin referencia a sus propios deseos. Valora la imparcialidad y un alcance más amplio del pensamiento.

Todo conocimiento sobre el universo, si es verdadero conocimiento, expande el Yo. Pero el conocimiento que la filosofía proporciona específicamente no es sobre hechos concretos, sino sobre las posibilidades dentro de esos hechos. Se trata de comprender los límites y la vastedad de lo que podemos saber. Nos enseña a pensar en las cosas no solo desde nuestro propio punto de vista estrecho, sino desde una perspectiva más amplia y universal.

En última instancia, el objetivo de la filosofía es proporcionar un tipo de conocimiento que proviene de un examen crítico de las creencias comunes. Nos recuerda que nuestros mundos personales son minúsculos en comparación con el universo entero. Nos enseña que para crecer intelectualmente, debemos liberarnos de la tiranía de las preocupaciones prácticas y los prejuicios personales. Nos anima a contemplar el universo, no solo nuestra pequeña parte de él.

Al hacerlo, la filosofía nos ayuda a convertirnos no solo en mejores pensadores, sino en mejores personas, capaces de una comprensión más profunda y una simpatía más amplia con todo lo que existe.


Fuente: Este texto es una versión adaptada y extractada del Capítulo XV, "El Valor de la Filosofía", de Los problemas de la filosofía (1912) de Bertrand Russell. Se ha buscado mantener sus ideas principales y su estilo accesible, condensándolo para ajustarse al requisito de extensión.


Tomarse en serio las palabras


Supongamos que alguien tiene un amigo al que considera “su mejor amigo”. La relación es normal y se mantiene activa, con barbacoas regulares, salidas en familia y partidos de tenis. Nunca le ha hecho falta hacer distinciones conceptuales entre esa relación y la que tiene con otros amigos, ni ha tenido que reflexionar, por ejemplo, sobre las diferencias que hay entre amistad y parentesco desde el punto de vista afectivo y ético. Pero si un buen día el amigo le falla, porque no hace lo que se espera de un amigo, puede ser que se produzcan reflexiones que podríamos ver de algún modo como girando en torno a una “teoría de la amistad”. Si la reflexión es seria, pueden entrar en juego nociones como “deber”, “interés”, “justicia”, “afecto”, junto con algunos axiomas o premisas morales más o menos arbitrarios que las conjuguen. Este individuo habrá empezado a filosofar.

Filosofar es tomarse en serio las palabras. Cuando los diccionarios intentan ofrecer el significado de un término lo que hacen es recoger las connotaciones típicas en el uso que se hace de ellos, es decir, las notas, rasgos o características que permiten identificar la categoría de los objetos a los que alude la palabra. Cuando oímos o leemos, por ejemplo, un sustantivo que conocemos, lo asociamos a las notas correspondientes y tal vez lo ilustramos con una imagen de nuestra memoria. Leemos “mesa” y pensamos en una tabla cuadrada con cuatro patas, o pensamos en la mesa de nuestro comedor. Cuando buscamos en el diccionario el significado de una palabra que no conocemos, a la inversa, construimos el objeto con la descripción que se nos da (o bien identificamos la palabra con un objeto que conocíamos sin saber su nombre).

Ahora bien, si la palabra es parte del vocabulario de algún campo de estudio formal, entonces tendremos normalmente una definición, en sentido estricto, es decir, una lista de características invariable que no puede asociarse a ninguna otra clase de objetos. Tomando el ejemplo de Carnap, diríamos que la definición de artrópodo como “animal con cuerpo segmentado, extremidades articuladas y cubierta de quitina” quiere decir que un objeto es un artrópodo si y solo si tiene esas características: si faltara alguna, recibiría otro nombre; si tuviera otro nombre, sería otra cosa. Esto sirve, precisamente, para evitar “equívocos”, o sea, para no cometer el error de aplicar la misma voz a distintas cosas. No es necesario advertir que “equivocarse” en ciertas disciplinas, como el derecho o la medicina, puede tener consecuencias catastróficas. El otro inconveniente sería usar distintas palabras para referirnos a lo mismo (usar sinónimos); no sería tan grave como lo anterior, pero sería una proliferación inútil y poco práctica del léxico.

El lenguaje riguroso de las disciplinas formales nos sirve de contraste para evaluar el lenguaje cotidiano. A diferencia del anterior, el lenguaje cotidiano es impreciso y fluctuante. ¿Es esto algo malo? En principio, no. La vida real requiere flexibilidad y adaptabilidad expresivas, y no sería práctico intentar definiciones exactas de cada palabra antes de empezar a hablar o actuar. Si el enamorado se decide a dar el paso y dice “te quiero” a su amada, habrá apelado a una palabra estándar para este tipo de situaciones sin intención de aludir a una connotación cerrada y perfectamente “decodificable”. De hecho, ha elegido una de las palabras menos unívocas del idioma (en otros idiomas, por cierto, hay que aclarar CÓMO se quiere, a riesgo de resultar atrevido u ofensivo: en italiano “ti voglio bene” es muy distinto a “ti voglio”). En la vida diaria los significados no dependen solo del lenguaje verbal, sino que se apoyan en el contexto de experiencia interpersonal que nos ahorra tener que hablar demasiado o dar explicaciones.

Sin embargo, es obvio que no todos los contextos son iguales ni todos los temas pueden tratarse con la misma economía verbal. El lenguaje cotidiano es suficiente cuando se limita a cumplir una función práctica en una situación estable. Wittgenstein tenía el ejemplo del albañil diciéndole al ayudante: “ladrillo”; en un caso así no hace falta más, incluso bastaría un gesto. Pero si la situación se complica, la comunicación tiene que volver al lenguaje explícito, y con frecuencia las complicaciones van a exigir un nivel de articulación y precisión bastante alejado de los sobreentendidos que nos orientan en la comunicación del día a día. La filosofía no es tanto una especialidad intelectual a cargo de unos pocos profesionales, sino una facultad que todos los seres humanos ejercemos cada vez que tenemos que aclarar esa construcción lingüística compartida que es nuestro mundo.

 

La disposición filosófica


La realidad es, para el ser humano, un rompecabezas. El fundamento de nuestra disposición filosófica es la conciencia de este rompecabezas, es decir, de la apariencia caótica o absurda de lo concreto. Se intuye (o se desea ingenuamente que exista) un orden o sentido total en el que deberían inscribirse todas las formas de experiencia y todas las cosas del mundo. Esta es la aspiración
positiva de la filosofía, que es afín también a la actitud religiosa y que ha producido un número considerable de especulaciones a lo largo de su evolución.

Junto a la positiva intuición de totalidad, aparece históricamente también –quizás el aporte más típicamente griego– el aspecto negativo de la crítica. Que la crítica sea negativa significa aquí simplemente que no consiste en ofrecer respuestas acerca de cómo son las cosas (el momento afirmativo), sino en analizar la lógica (la probabilidad y la coherencia) de los problemas que se plantean en esta búsqueda de sentido y la de sus posibles soluciones. La crítica examina conceptos, sopesa probabilidades y evalúa razonamientos.

El trabajo filosófico es entonces, como todo diálogo, el ejercicio alternativo de afirmación y crítica.

Por su naturaleza, la disposición filosófica distingue y enfrenta tres situaciones:

1) La conciencia limitada a lo cotidiano (que sólo es conciencia de un mundo parcial, inmediato, aunque pueda ser técnicamente eficiente),

2) El dogmatismo religioso o político (que da por resuelto el problema del sentido con una única e incuestionable visión del mundo),

3) El nihilismo (que niega toda posibilidad de sentido).

Debido a las urgencias del día a día, a nuestros intereses inmediatos o a nuestras especializaciones, no solemos considerar las cosas filosóficamente. Es interesante el hecho de que esta disposición sí que suele manifestarse en momentos de crisis personales o sociales que dejan al descubierto las inconsistencias y contradicciones de la vida (aunque no ignoramos que, desgraciadamente, las crisis no siempre conllevan reflexión, sino también con frecuencia, violencia, cinismo y desesperación).

Debemos entonces distinguir entre la Filosofía y la disposición filosófica. La primera es una tradición profesional de la que deriva una vasta producción textual en torno a una serie de temáticas que pueden resultarnos más o menos interesantes o urgentes. La segunda, en cambio, es una facultad presente en todos nosotros: precisamente aquella dimensión de la inteligencia que trasciende la mera capacidad de asociar fenómenos individuales (que compartimos con los animales) porque aspira a la comprensión del conjunto. Y el intento de “comprender el conjunto” (siempre controlado por la crítica) no es un juego intelectual en torno a especulaciones vacías, es un impulso primordial que persigue superar el caos, estabilizar nuestra relación con el mundo y propiciar una convivencia.

Teoría de las teorías de la conspiración

Las teorías de la conspiración, que proliferan a través de colectivos más o menos organizados, tienen una variedad de efectos perniciosos, p...