TEMAS DE FILOSOFÍA
Materiales para estudiantes y estudiosos
miércoles, 20 de agosto de 2025
lunes, 14 de julio de 2025
Las ciencias naturales y las ciencias humanas
En el fondo, pensar algo es pensar su forma. Por tanto,
también el químico que se pregunta qué es el mármol busca la respuesta
averiguando su forma, “carbonato de calcio”, que a su vez es la forma de una
molécula compuesta por carbono, calcio y oxígeno, que a su vez son elementos
con estructuras determinadas…, y así sucesivamente. Bien mirado, decir que todo
es materia equivale a decir que todo es forma.
Pero las ciencias naturales piensan formas estables que
interactúan en un cosmos gobernado por leyes estables, mientras que las
ciencias humanas tienen que orientarse en ese orden disfrazado de caos que es
nuestro mundo. Ese caos es hoy, en gran medida, producto de la ceguera que
resulta de postergar las segundas en favor de las primeras. Como ocurría con
aquel que había perdido una moneda y la buscaba en otro sitio porque allí había
mejor luz: se ponen todos los esfuerzos y esperanzas en los saberes más precisos
y se desprecian (como «hobbies» o actividades inútiles) los realmente urgentes;
se sabe lo necesario para poner un astronauta en Marte, pero se ignora lo que
hace falta para coexistir en la Tierra.
jueves, 10 de julio de 2025
Wittgenstein
Wittgenstein suele fascinar a los estudiantes de filosofía más por su biografía que por su obra. En los pormenores de su vida se encuentran cantidad de anécdotas extravagantes que revelan el genio y la neurosis del personaje. He aquí algunas.
Dialéctica
La cantidad y variedad de opiniones extravagantes que han proliferado a propósito de la pandemia nos lleva a preguntarnos qué clase de proceso mental está detrás de ellas. Uno puede conformarse con el dictamen pesimista de que la gente es idiota, pero esto tampoco ayuda mucho y, en general, no es verdad.
No se trata de lo que la gente es, sino de lo que hace. O de lo que no hace. Normalmente, cuando decimos idioteces es porque no hemos pensado antes de hablar. Y pensar bien requiere una elaboración más o menos cuidadosa de información e ideas que, desde luego, exige más tiempo que la pura reacción emocional ante las cosas.
Esa elaboración toma siempre forma de diálogo, incluso en la reflexión individual. “Pensar” se relaciona con el latín “pendere”, colgar los pesos en una balanza, idea que sirve de metáfora para la operación intelectual de comparar puntos de vista en torno a un tema. Y la dialéctica es, efectivamente, la contraposición de posibilidades relativas a un asunto: hacemos dialogar las opciones.
Pero entre personas la dialéctica funciona si la interacción es racional y los interlocutores (supongamos dos) han pensado el problema y atienden a las intervenciones del otro tratando de encontrar una posición común. Por lo tanto, es tan importante la capacidad de razonar como la voluntad de entenderse.
No parece que quienes defienden las ocurrencias a las que me refería antes se hayan tomado el trabajo de pensar o analizar nada y, desde luego, tampoco parecen interesados en ningún diálogo o proceso de discernimiento colectivo, por lo que no ofrecen argumentos y no escuchan objeciones; les basta con manifestarse de la manera más ruidosa posible.
Tenemos derecho a no interesarnos por ciertos asuntos y a no informarnos sobre ellos, pero, en ese caso, debemos tener la sensatez de suspender el juicio, o de presentarlo con la advertencia de que nuestro modesto parecer es desinformado, elemental y provisorio.
jueves, 3 de julio de 2025
Del mito al Logos
Para entender la filosofía de un pueblo y de una civilización, es imprescindible referirse 1) al arte, 2) a la religión y 3) a las condiciones sociopolíticas de dicho pueblo.
1) De hecho, el arte más elevado tiende a alcanzar de manera mítica, mediante la intuición y la imaginación, objetivos que también son propios de la filosofía.
2) De forma análoga, la religión aspira a alcanzar, a través de representaciones no conceptuales y de la fe, determinados objetivos que la filosofía busca alcanzar mediante los conceptos y la razón.
3) No menos importantes son las condiciones socioeconómicas y políticas que a menudo condicionan el surgimiento de determinadas ideas, y que en el mundo griego en particular, al crear las primeras formas de libertad institucionalizada y de democracia, han permitido el nacimiento de la filosofía, que se alimenta de modo esencial de la libertad.
Los poemas homéricos
Los primeros griegos buscaron alimento espiritual sobre todo en los poemas homéricos, es decir, en la Ilíada y en la Odisea (que, como se sabe, ejercieron un influjo análogo al que la Biblia ejerció entre los judíos, al no haber en Grecia textos sagrados), y en Hesíodo.
Los poemas homéricos ya poseen algunos de aquellos rasgos del carácter griego que resultarán esenciales para la creación de la filosofía.
a) Los poemas homéricos, aunque están repletos de imaginación, casi nunca entran en la descripción de lo monstruoso y de lo deforme. Esto significa que la imaginación homérica ya está estructurada según un sentido de la armonía, de la proporción, del límite y de la medida. La filosofía elevará estos factores al rango de principios ontológicos (del ser).
b) Homero no se limita a narrar una serie de hechos, sino que investiga también sus causas y sus razones (aunque sea a nivel mítico-fantástico). Y este modo poético de contemplar las razones de las cosas prepara aquella mentalidad que en filosofía llevará a la búsqueda de la causa y del principio, del «porqué» último de las cosas.
c) Otro rasgo de la obra homérica consiste en tratar de presentar la realidad en su integridad, aunque sea de forma mítica: dioses y hombres, cielo y tierra, guerra y paz, bien y mal, alegría y dolor, la totalidad de los valores que rigen la vida de los hombres. Escribe W. Jaeger: «Cuál es el puesto del hombre en el universo, que es el tema clásico de la filosofía griega, también está presente en Homero en todo momento».
La
religión pública y los misterios órficos
El segundo
elemento al que hay que referirse para entender la génesis de la filosofía
griega es la religión. Sin embargo, cuando se habla de religión griega es
preciso distinguir entre la religión pública, cuyo modelo es la representación
de los dioses y del culto que nos brinda Homero, y la religión de los
misterios. Entre ambas formas de religiosidad existen numerosos elementos
comunes (como, por ejemplo, una concepción politeísta de base), pero también
hay diferencias importantes. Ambas formas de religión son fundamentales para
explicar el nacimiento de la filosofía, pero, al menos desde ciertos puntos de
vista, la segunda forma posee una especial importancia.
Religión
pública
Empecemos
por mencionar algunos rasgos esenciales de la primera forma de religión. Para
Homero puede decirse que todo es divino, porque todo lo que sucede se explica
en función de las intervenciones de los dioses: Zeus lanza rayos y truenos
desde las alturas del Olimpo, el tridente de Poseidón provoca las tempestades
marinas, el sol es transportado por el dorado carro de Apolo y así
sucesivamente. Además, la vida colectiva de los hombres, la suerte de las
ciudades, las guerras y las paces son imaginadas como vinculadas a los dioses.
Estas
deidades son fuerzas naturales personificadas a través de formas humanas
idealizadas, o bien son fuerzas y aspectos de hombre que han sido
sublimados, hipostasiados y han adquirido semblanzas antropomórficas.
(recordemos que Zeus es la personificación de la justicia, Palas Atenea de la
inteligencia, Afrodita del amor y así sucesivamente). Estos dioses, por tanto,
son hombres amplificados e idealizados y, en consecuencia, sólo difieren
de nosotros en cantidad y no en cualidad. Debido a ello los especialistas
consideran que la religión pública de los griegos constituye una forma de
naturalismo. Por ello, la religión no exige al hombre un cambio interior, o
un elevarse por encima de sí mismo (como en el caso del cristianismo), sino,
por lo contrario, seguir a su propia naturaleza. Todo lo que se pide al
hombre es que haga en honor de los dioses aquello que es conforme a la propia
naturaleza. La primera filosofía griega fue tan naturalista como la religión
pública griega, y la referencia a la naturaleza se convirtió en una
constante del pensamiento griego a lo largo de todo su desarrollo histórico.
Misterios
órficos
Sin embargo, la religión
pública no fue sentida por todos los griegos como plenamente satisfactoria y
esto hizo que se desarrollaran en círculos restringidos los misterios órficos.
El orfismo y los órficos hacen derivar su denominación del poeta Orfeo, un
personaje legendario. El orfismo posee una importancia particular porque
introduce en la civilización griega un nuevo esquema de creencias y una nueva
interpretación de la existencia humana. Mientras que la concepción griega
tradicional, a partir de Homero, afirmaba que el hombre era un ser mortal y
consideraba que la muerte significaba el final definitivo de su existencia, el
orfismo proclama la inmortalidad del alma y concibe al hombre según el esquema
dualista que contrapone cuerpo y alma.
El núcleo de las creencias órficas puede resumirse del modo siguiente:
a) En el hombre se alberga un principio divino, un alma, que cae en un cuerpo debido a una culpa originaria.
b)
El alma está
antes que el cuerpo y no muere junto con él. Está destinada a reencarnarse
en cuerpos sucesivos para expiar aquella culpa originaria.
c)
La vida órfica,
con sus ritos y sus prácticas, es la única que está en condiciones de poner fin
al ciclo de las reencarnaciones, liberando así el alma de su cuerpo.
d)
Para quien se
haya purificado (para los iniciados
en los misterios órficos) hay un premio en el más allá (para los no iniciados,
existen castigos).
Gracias a este nuevo esquema de creencias, el hombre veía por primera vez que en sí mismo se contraponían dos principios que se hallaban en contraste y en lucha entre sí: el alma y el cuerpo (como tumba o lugar de expiación del alma). Se resquebraja, por lo tanto, la visión naturalista; el hombre comprende que hay que reprimir algunas tendencias ligadas al cuerpo y se convierte en objetivo vital purificar de lo corpóreo el elemento divino.
Es necesario formular una última advertencia. Los griegos no tuvieron libros sagrados considerados como resultado de una revelación divina. Por consiguiente, no poseyeron una dogmática fija e inmodificable. Además en Grecia no pudo ni siquiera subsistir una casta sacerdotal que custodiase el dogma (los sacerdotes griegos tuvieron una escasa relevancia y un poder reducidísimo). La carencia de dogmas y de personas encargadas de custodiarlos otorgó una amplia libertad al pensamiento filosófico.
Las condiciones socio-político-económicas que favorecieron el surgimiento de la filosofía
Se ha puesto de relieve la libertad política de los griegos, en comparación con los pueblos orientales. El hombre oriental se veía obligado a una obediencia ciega al poder religioso y político. Ya hemos mencionado la gran libertad que poseían los griegos en lo que respecta a la religión. También en política los griegos tenían una situación privilegiada, ya que por primera vez en la historia lograron crear instituciones políticas libres.
Durante los siglos VII y VI a.C. Grecia sufrió una transformación considerable, desde el punto de vista socioeconómico. Antes era un país primordialmente agrícola, pero a partir de entonces comenzó a desarrollarse cada vez más la industria artesana y el comercio. Se hizo necesario fundar centros de representación comercial, que surgieron primero en las colonias. Las ciudades se convirtieron en centros comerciales florecientes, lo cual provocó un aumento de la población. La nueva clase de comerciantes y de artesanos logró paulatinamente fuerza económica y se opuso al poder político que se hallaba en manos de la nobleza terrateniente. La vida pública y el sentimiento de la libertad debía dar al carácter del pueblo griego un impulso que también beneficiaría la actividad intelectual. Con la transformación de las condiciones políticas, se establecieron las bases de florecimiento artístico y científico de Grecia.
La filosofía nació en las colonias antes que en la metrópoli, porque las colonias, gracias a su laboriosidad y a su actividad comercial, alcanzaron un bienestar y, debido a la lejanía de la metrópoli, pudieron establecer instituciones libres antes que ésta.
Queda por mencionar un último elemento. Al constituirse y consolidarse la polis, es decir, la ciudad-estado, el griego no la consideró como una traba a su propia libertad; por lo contrario, se vio llevado a verse a sí mismo como ciudadano. Para los griegos el hombre llegó a coincidir con el ciudadano mismo. Así, el Estado se convirtió en el horizonte ético del hombre griego y siguió siéndolo hasta la época helenística. Los ciudadanos sintieron los fines del Estado como sus propios fines, el bien del Estado como su propio bien, la grandeza del Estado como la propia grandeza y la libertad del Estado como la propia libertad.
Si no se tiene presente esto, no se puede entender gran parte de la filosofía griega, en particular la ética y toda la política en la época clásica, y más tarde la compleja evolución de la época helenística.
(Tomado y adaptado de Reale-Antiseri)
El Valor de la Filosofía por Bertrand Russell (Extracto y Adaptación)
El principal valor de la filosofía proviene de su incertidumbre. La persona que no tiene conocimiento de filosofía atraviesa la vida aprisionada por los prejuicios derivados del sentido común, de las creencias habituales de su época o nación, y de convicciones que han crecido en su mente sin la cooperación o el consentimiento de su razón deliberada. Para tal persona, el mundo tiende a volverse definido, finito, obvio; los objetos comunes no suscitan preguntas, y las posibilidades desconocidas son rechazadas con desprecio.
Tan pronto como comenzamos a filosofar, por el contrario, descubrimos —como señalamos en nuestras discusiones anteriores— que incluso las cosas más cotidianas conducen a problemas para los cuales solo se pueden dar respuestas muy incompletas. La filosofía, aunque no puede decirnos con certeza cuáles son las respuestas verdaderas, puede sugerir muchas posibilidades que ensanchan nuestros pensamientos y los liberan de la tiranía de la costumbre. Así, aunque disminuye nuestra certeza sobre lo que son las cosas, aumenta en gran medida nuestro conocimiento de lo que podrían ser. Elimina el dañino sentido dogmático de certeza y mantiene vivo nuestro sentido de asombro al mostrar cosas familiares bajo una luz desconocida.
El valor de la filosofía se encuentra, en efecto, en su propia incertidumbre. Las preguntas que plantea la filosofía son a menudo tan fundamentales que aún no se han encontrado respuestas definitivas. ¿Tiene el universo alguna unidad de plan o propósito, o es una colección aleatoria de átomos? ¿Es la conciencia una parte permanente del universo, que ofrece esperanza para un crecimiento interminable, o es solo un accidente fugaz en un pequeño planeta? ¿Son el bien y el mal importantes para el universo, o solo para los humanos? Tales preguntas son planteadas por la filosofía, y diferentes filósofos las responden de manera distinta. Sin embargo, por poca esperanza que tengamos de encontrar las respuestas, es uno de los principales deberes de la filosofía mantener vivas estas preguntas.
Considerar estas grandes preguntas, y darnos cuenta de su importancia, nos hace apreciar lo poco que realmente sabemos. Nos impide ser arrogantes y nos hace pensar con mayor apertura. El mundo, que al principio parecía simple, ahora se vuelve misterioso y maravilloso. Este sentido de asombro es crucial.
Además, la filosofía, incluso si no da respuestas certeras, puede ayudarnos a desarrollar nuestras mentes. Agranda el Yo, lo que significa que amplía nuestra perspectiva y nuestra comprensión. El Yo, al principio, se centra en sus necesidades e intereses inmediatos. El mundo exterior solo es importante en la medida en que sirve a estas necesidades. En contraste, el Yo filosófico aprende a ver el mundo tal como es, sin referencia a sus propios deseos. Valora la imparcialidad y un alcance más amplio del pensamiento.
Todo conocimiento sobre el universo, si es verdadero conocimiento, expande el Yo. Pero el conocimiento que la filosofía proporciona específicamente no es sobre hechos concretos, sino sobre las posibilidades dentro de esos hechos. Se trata de comprender los límites y la vastedad de lo que podemos saber. Nos enseña a pensar en las cosas no solo desde nuestro propio punto de vista estrecho, sino desde una perspectiva más amplia y universal.
En última instancia, el objetivo de la filosofía es proporcionar un tipo de conocimiento que proviene de un examen crítico de las creencias comunes. Nos recuerda que nuestros mundos personales son minúsculos en comparación con el universo entero. Nos enseña que para crecer intelectualmente, debemos liberarnos de la tiranía de las preocupaciones prácticas y los prejuicios personales. Nos anima a contemplar el universo, no solo nuestra pequeña parte de él.
Al hacerlo, la filosofía nos ayuda a convertirnos no solo en mejores pensadores, sino en mejores personas, capaces de una comprensión más profunda y una simpatía más amplia con todo lo que existe.
Fuente: Este texto es una versión adaptada y extractada del Capítulo XV, "El Valor de la Filosofía", de Los problemas de la filosofía (1912) de Bertrand Russell. Se ha buscado mantener sus ideas principales y su estilo accesible, condensándolo para ajustarse al requisito de extensión.
Tomarse en serio las palabras
Supongamos que alguien tiene un amigo al que considera “su mejor amigo”. La relación es normal y se mantiene activa, con barbacoas regulares, salidas en familia y partidos de tenis. Nunca le ha hecho falta hacer distinciones conceptuales entre esa relación y la que tiene con otros amigos, ni ha tenido que reflexionar, por ejemplo, sobre las diferencias que hay entre amistad y parentesco desde el punto de vista afectivo y ético. Pero si un buen día el amigo le falla, porque no hace lo que se espera de un amigo, puede ser que se produzcan reflexiones que podríamos ver de algún modo como girando en torno a una “teoría de la amistad”. Si la reflexión es seria, pueden entrar en juego nociones como “deber”, “interés”, “justicia”, “afecto”, junto con algunos axiomas o premisas morales más o menos arbitrarios que las conjuguen. Este individuo habrá empezado a filosofar.
Filosofar es tomarse en
serio las palabras. Cuando los diccionarios intentan ofrecer el significado de
un término lo que hacen es recoger las connotaciones típicas en el uso que se
hace de ellos, es decir, las notas, rasgos o características que permiten
identificar la categoría de los objetos a los que alude la palabra. Cuando
oímos o leemos, por ejemplo, un sustantivo que conocemos, lo asociamos a las
notas correspondientes y tal vez lo ilustramos con una imagen de nuestra
memoria. Leemos “mesa” y pensamos en una tabla cuadrada con cuatro patas, o
pensamos en la mesa de nuestro comedor. Cuando buscamos en el diccionario el
significado de una palabra que no conocemos, a la inversa, construimos el
objeto con la descripción que se nos da (o bien identificamos la palabra con un
objeto que conocíamos sin saber su nombre).
Ahora bien, si la palabra
es parte del vocabulario de algún campo de estudio formal, entonces tendremos
normalmente una definición, en sentido estricto, es decir, una lista de
características invariable que no puede asociarse a ninguna otra clase de objetos.
Tomando el ejemplo de Carnap, diríamos que la definición de artrópodo como
“animal con cuerpo segmentado, extremidades articuladas y cubierta de quitina”
quiere decir que un objeto es un artrópodo si y solo si tiene esas
características: si faltara alguna, recibiría otro nombre; si tuviera otro
nombre, sería otra cosa. Esto sirve, precisamente, para evitar “equívocos”, o
sea, para no cometer el error de aplicar la misma voz a distintas cosas. No es
necesario advertir que “equivocarse” en ciertas disciplinas, como el derecho o
la medicina, puede tener consecuencias catastróficas. El otro inconveniente
sería usar distintas palabras para referirnos a lo mismo (usar sinónimos); no
sería tan grave como lo anterior, pero sería una proliferación inútil y poco práctica
del léxico.
El lenguaje riguroso de
las disciplinas formales nos sirve de contraste para evaluar el lenguaje
cotidiano. A diferencia del anterior, el lenguaje cotidiano es impreciso y
fluctuante. ¿Es esto algo malo? En principio, no. La vida real requiere
flexibilidad y adaptabilidad expresivas, y no sería práctico intentar
definiciones exactas de cada palabra antes de empezar a hablar o actuar. Si el
enamorado se decide a dar el paso y dice “te quiero” a su amada, habrá apelado
a una palabra estándar para este tipo de situaciones sin intención de aludir a
una connotación cerrada y perfectamente “decodificable”. De hecho, ha elegido
una de las palabras menos unívocas del idioma (en otros idiomas, por cierto,
hay que aclarar CÓMO se quiere, a riesgo de resultar atrevido u ofensivo: en
italiano “ti voglio bene” es muy distinto a “ti voglio”). En la vida diaria los
significados no dependen solo del lenguaje verbal, sino que se apoyan en el
contexto de experiencia interpersonal que nos ahorra tener que hablar demasiado
o dar explicaciones.
Sin embargo, es obvio que
no todos los contextos son iguales ni todos los temas pueden tratarse con la
misma economía verbal. El lenguaje cotidiano es suficiente cuando se limita a
cumplir una función práctica en una situación estable. Wittgenstein tenía el
ejemplo del albañil diciéndole al ayudante: “ladrillo”; en un caso así no hace
falta más, incluso bastaría un gesto. Pero si la situación se complica, la
comunicación tiene que volver al lenguaje explícito, y con frecuencia las
complicaciones van a exigir un nivel de articulación y precisión bastante
alejado de los sobreentendidos que nos orientan en la comunicación del día a
día. La filosofía no es tanto una especialidad intelectual a cargo de unos
pocos profesionales, sino una facultad que todos los seres humanos ejercemos
cada vez que tenemos que aclarar esa construcción lingüística compartida que es
nuestro mundo.
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Las teorías de la conspiración, que proliferan a través de colectivos más o menos organizados, tienen una variedad de efectos perniciosos, por ejemplo, minando la confianza de la gente en las autoridades científicas o impulsando movimientos políticos bastante peligrosos, como los de los negacionistas del cambio climático o los grupos antivacunas. Me interesa hacer una crítica que puede ilustrar un poco la importancia y la utilidad de la Lógica (desde luego, mi análisis puede aceptarse, objetarse, o directamente rechazarse).
En términos simples, una conspiración es un acuerdo entre un grupo de personas para engañar a otro grupo de personas. El engaño se sostendrá mientras los engañados permanezcan en la ignorancia de lo que realmente ocurre y, para ello, es esencial que, 1) los engañados no lleguen a darse cuenta (o no sean desengañados por terceros), y 2) que los conspiradores mantengan el secreto y no cometan errores que permitan una “filtración”.
El tiempo que dura un secreto y el tiempo que se puede vivir engañado o ignorante de ese secreto son inversamente proporcionales a dos factores: el número de engañados y el número de conspiradores -dos que conspiran contra cuatro tienen más probabilidades de que la cosa dure que veinte que intentan engañar a mil. Es por ello que algunas de estas teorías son, directamente, demenciales, como la que denuncian los terraplanistas o la de quienes niegan la llegada a la luna de 1969. No hace falta confiar en la honestidad del gobierno americano o de la NASA; es sencillamente inverosímil que miles de personas participen de una farsa colosal y nunca se sepa nada en casi 60 años. Nunca apareció un astronauta arrepentido, o una vecina de Houston a la que se lo contara la esposa de un controlador del lanzamiento. Del terraplanismo no hace falta hablar, pero hay gran cantidad de casos que podrían tratarse críticamente de manera parecida.
Lo anterior no niega que en las “altas esferas”, o en todas las esferas, no haya gente capaz de conspirar, mentir, robar o aprovecharse de la desgracia ajena; lo que se niega es que una reunión de canallas pueda orquestar una impostura universal, borgiana. Tampoco se niega que pueda haber conspiraciones menores o acuerdos secretos para beneficiarse de un público incauto -de hecho, un vasto público incauto es el santo grial de muchos negocios. Pero estas son las conspiraciones usuales, de duración limitada y siempre expuestas, por ejemplo, a los escrúpulos o indiscreciones de los conjurados, a la suspicacia de las víctimas o a la sagacidad de un periodista honrado. Las otras son sólo mitologías promovidas por el aislamiento y el tedio de gente que pasa demasiado tiempo en la red.